La nostalgia de la pérdida no cede ante el sol festivo de mayo, se resiste a las flores, a los cantos, a tanto gozo estridente de los adolescentes que llenan los parques con risitas y murmullos.
Un hombre lleva encima un velo de ternezas, los cadáveres de flores exhalan el dulzón aroma de la melancolía. Las señales no pueden estar equivocadas... la primavera ha llegado.
A veinte metros de altura la vida se anuncia dispuesta, amenazante... tras recorrer las calles, las gavetas se llenan de objetos extraviados: la seducción, la mirada sigilosa, el roce del deseo cansino, acuciante.
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