lunes, 14 de mayo de 2007

Era mi corazón un ala viva y turbia un ala pavorosa llena de luz y anhelo

Las alas crecieron un día. Aprendí a planear bajo, temerosa del resplandor hipnótico del sol desértico. Un día aposté al vuelo temerario, compañera de Ícaro y Featón me regocijé en el gozo del estruendo, del vértigo, de la entrega enloquecida.

La caída no fue inesperada, pero el conocimiento no atenuó el dolor de las tenazas que exploraron mis entrañas rugientes y furiosas.

Aún hoy el vuelo se resiste a la pérdida de inocencia. De vez en vez mis alas se extienden, magnolias sedientas de viento y luz. El sol es ahora distante, pero presiento el aullido de las hojas en las alturas que me invita de nuevo a la aventura. La caída parece un precio razonable.

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